
Un recuerdo y una advertencia
Por August Haug
(En memoria del viejo africano Conti† y de la Madre Tierra)
Ya soy un hombre mayor, y mis pensamientos regresan cada vez con más frecuencia a aquella época en África.
Era el año 1984, en Gambia, esa franja estrecha de tierra en la costa occidental que muchos llaman “la costa sonriente de África”. Yo era entonces un viajero entre mundos. Amaba África — su inmensidad sin límites, sus animales salvajes, y sobre todo a sus gentes, que poseían poco y, sin embargo, eran ricas en dignidad y calidez humana.
Su hospitalidad no nacía de la abundancia, sino del corazón.
A menudo caminaba solo por la playa. El sol africano caía pesado y ardiente sobre mi piel, mientras el viento traía el aliento salado del mar. Podía pasar horas observando a las gaviotas elevarse en vuelos elegantes hacia alturas inimaginables. En aquellos momentos sentía una libertad que en Europa nunca había conocido.
Un día, bajo el calor inmóvil de la tarde, conocí a un anciano africano. Nos sentamos frente a su sencilla choza, sobre la tierra dura. Tenía el cabello blanco y rizado, y en sus ojos vivía una profundidad que solo concede una larga vida.
Se llamaba Conti.
Hablamos durante horas sobre el mundo.
Me dijo con voz tranquila, pero firme:
“Nos lo están quitando todo.”
Me explicó que enormes extensiones de selva eran taladas para construir carreteras. Que en el corazón de África se abrían minas para extraer piedras preciosas y minerales valiosos. Que la tierra era herida sin compasión, sin respeto por los animales, sin respeto por la naturaleza.
“No preguntan a la tierra si quiere ser abierta”, dijo.
“La fuerzan.”
Yo lo escuchaba en silencio. Sentía que no hablaba solo por su pueblo, sino por toda la Madre Tierra.
Conti no hablaba con odio. Hablaba con tristeza.
En aquel momento comprendí que África no era solo belleza y aventura. Era también fragilidad. Era una tierra rica que otros deseaban poseer, explotar, transformar.
Y comprendí algo más:
La verdadera pobreza no era la de aquellas personas que vivían con poco.
La verdadera pobreza era la avidez sin límite.
Muchos años han pasado desde entonces. Conti ya no vive. Pero sus palabras permanecen en mí como una advertencia.
Hoy, cuando pienso en África, no recuerdo solo la luz dorada del atardecer ni el sonido del mar. Recuerdo la mirada de aquel anciano que entendía el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza.
Y me pregunto:
¿Hemos aprendido algo?
África me enseñó que la dignidad no depende de la riqueza.
Que la tierra no nos pertenece.
Que somos huéspedes, no dueños.
Busqué cercanía nunca donde la pobreza hacía vulnerables a las personas, sino donde el corazón seguía siendo fuerte.
Y mientras me hago mayor, sé que aquel encuentro en 1984 fue uno de los momentos más verdaderos de mi vida.
África no fue solo un viaje.
Fue una lección.