EL AVARO

Un cuento de Navidad

Por August Haug

José era rico. Muy rico.

Había trabajado, construido su fortuna y ahorrado durante toda su vida.

Pero con cada éxito se volvía más avaro, más frío y más amargado.

No ayudaba a nadie.

Ni a los pobres.

Ni a los débiles.

Ni siquiera a su propia familia.

Con el tiempo, sus hijas dejaron de visitarlo.

Sus yernos se mantenían alejados y apenas conocía a sus propios nietos.

José se había enemistado con todos.

Con palabras hirientes.

Con dureza.

Con silencios que dolían más que las palabras.

Se acercaba la Navidad.

Pero para José, la Navidad no significaba nada.

Ni regalos.

Ni familia.

Ni calor humano.

La noche de Nochebuena, José se encontraba una vez más solo en su gran casa.

Hasta su esposa lo había abandonado hacía mucho tiempo.

Para escapar del silencio, se puso el abrigo y salió a dar un paseo.

Su casa se alzaba a las afueras de la ciudad, junto a un río que fluía mansamente.

Mientras caminaba, pasó frente a la pequeña iglesia del pueblo.

«Todo ese asunto de la Iglesia no es para mí», había dicho siempre José.

El frío era intenso.

Su aliento se convertía en pequeñas nubes de vapor que flotaban en el aire.

Cuando estaba a punto de pasar de largo, sintió de pronto un impulso en lo más profundo de su ser.

Silencioso, pero imposible de ignorar.

José abrió la pesada puerta y entró.

Caminó lentamente hasta el altar, levantó la cabeza y contempló la figura de Jesús en la cruz.

Y, de repente, tuvo la sensación de que Cristo le hablaba.

No en voz alta.

No con palabras.

Sino en lo más profundo de su alma.

«José», parecía decirle aquella voz, «hay tanto sufrimiento en este mundo…

También en tu propia ciudad.

Has visto a muchas personas pobres, a muchas personas que pasaban frío.

Y, sin embargo, nunca les tendiste la mano».

José se sentó en uno de los bancos de la iglesia.

Dejó las manos abiertas sobre las rodillas.

Entonces volvió a escuchar aquella voz:

«Sal ahí fuera.

Y ayuda allí donde alguien necesite tu ayuda».

José se levantó y salió a la fría noche.

Y entonces los vio.

Personas sin hogar.

Envueltas en finos sacos de dormir.

Temblando de frío.

Hambrientas.

José se detuvo.

Y en aquel instante lo supo.

Había llegado el momento.

Los despertó con delicadeza y les dijo:

«Venid conmigo.

Os daré algo caliente y comida».

Lo miraron incrédulos.

Después, con cierta vacilación, lo siguieron, llevando sus escasas pertenencias en viejas bolsas de la compra.

En su casa les ofreció sopa caliente, té y pan.

Y una cama donde descansar al abrigo del frío.

«Esta noche podéis dormir aquí», les dijo José.

«Y mañana os ayudaré para que no tengáis que seguir viviendo en la calle».

José apenas podía reconocerse a sí mismo.

Él, el avaro, estaba ayudando de pronto a unos completos desconocidos.

Más tarde, aquella misma noche, regresó a la iglesia.

«Señor», susurró, «les he dado calor, pan y esperanza».

Entonces le pareció que Cristo sonreía desde la cruz.

Y una dulce calidez inundó el corazón de José.

Una sensación que hacía muchos años que no experimentaba.

Y volvió a escuchar aquella voz:

«Hijo mío,

has hecho una buena obra.

Vuelve a casa.

Me has dado una gran alegría».

Cuando José regresó a su hogar, apenas podía creer lo que veían sus ojos.

Ya no estaba solo.

Allí estaban sus hijas.

Sus yernos.

Y sus nietos.

Desbordado de alegría, José los estrechó entre sus brazos.

Fue la Nochebuena más hermosa que jamás había vivido.

Afuera, la noche parecía más luminosa que de costumbre.

Las estrellas brillaban con una intensidad especial.

José ya no sentía inquietud alguna en su corazón.

Solo gratitud.

Ese sentimiento que únicamente conoce quien ha dado algo de sí mismo a los demás.

Porque fue precisamente aquella Nochebuena cuando José comprendió por fin una gran verdad:

Dar no nos hace más pobres.

Nos hace ricos.

Más ricos de lo que el dinero jamás podría hacernos.

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